Blog de fdiaz4csa

40 horas que recordar.

Gracias al proyecto de las 40 horas CAS, este verano tuve la oportunidad de conocer y aprender de personas extraordinarias que me hicieron sentir, después de mucho tiempo, la alegría y el placer de ayudar a quien necesita una mano, o en este caso, una sonrisa.

En un principio quise hacer un voluntariado de limpieza de playas, puesto que no me resulta sencillo dirigir actividades o dinámicas; sin embargo, no logré encontrar ninguna organización que coincidiera con mis horarios de verano. Días después, intenté ponerme en contacto con la casa-albergue Magia, pero, lamentablemente, no obtuve respuesta alguna. Fue a finales de enero, cuando le contaba a mi papá mis intentos fallidos por conseguir un proyecto, que él me recomendó hacer mi voluntariado en el Hospital del Niño. En la primera semana de febrero logré ponerme en contacto con el personal de Recursos Humanos del Instituto Nacional de Salud del Niño, aceptaron mi solicitud de voluntariado.

Me considero una persona bastante inexperta con los niños, carezco de paciencia e inconscientemente trato a los niños como personas de mi edad, ¿Qué podría hacer yo durante 40 horas en una sala llena de niños? Se me acababa el tiempo, mi primera visita sería en 2 días y tenía que planificar que actividades realizaríamos; recordé algunas cosas de mis visitas a Llanavilla junto a 4to “C”, me empezaron a llover ideas, cuentos y canciones.

Mi primera visita salió mejor de lo que esperaba; se me asignó un grupo de 5 chicos del área de Infectología Pediátrica de entre 9 a 15 años y todos pusieron de su parte en las dinámicas que realicé. La primera dinámica, y la que más me gustó de la primera visita, consistía en que los 6 pasearíamos libremente (caminando de formas peculiares) por el patio de recreación y nos pasaríamos una pelota de tela mientras sonaba una música; cuando la música se detuviera quien tuviera la pelota en la mano se presentaría (su nombre, pasatiempo, y comida favorita). Si bien no se trato de una estupenda dinámica, sirvió para romper el hielo y entrar un poco más en confianza; al final no resultó tan complicado como pensé que sería, ya que no había tanta diferencia de edad entre ellos y yo.

Distribuí el proyecto en 20 sesiones de 2 horas, iba al Hospital desde las 10am hasta el medio día y por cada sesión nos daba tiempo de hacer 3 o 4 dinámicas, ver un capítulo de Gravity Falls (se nos dio un plazo de 30 minutos al final de cada sesión para usar la televisión) en la sala de recreación y almorzar juntos. Debido a que los chicos sufrían de VIH, no podía realizar con ellos actividades que requirieran esfuerzo físico prolongado, por ese motivo la mayoría de las dinámicas eran juegos que se hacen en las clases de teatro.

En la visita que realicé el viernes 9 me topé con un fallo en mi esquema; tenía planificado hacer un taller de dibujo y pintura, asumí que en la sala de recreación contaban con colores y crayones, por lo que solo llevé en mi mochila hojas bond; resulta que los chicos sólo contaban con un par de marcadores. Cuando me enteré de esto, me sentí un poco molesta conmigo misma porque no había sido capaz de anticipar el problema y a la vez me sentí triste porque había preparado el taller con mucho entusiasmo y si no lo hacía ese día, no los vería de nuevo hasta el lunes. Ya que el taller era la penúltima dinámica que realizaríamos el viernes, la reemplacé por la última dinámica llamada “Mafia”. Mientras los 5 jugaban Mafia y yo dirigía, me preguntaba que podía hacer para llenar los 20 minutos que nos quedarían, de pronto se me ocurrió la idea de hacer un taller de origami. Aprendimos a hacer un perro, un barco, un pez, una rana y finalmente, aviones de papel, con los que hicimos competencia de cual volaba más lejos.

De entre todas las personas que pude conocer, destaco a Andrea (la pequeña de lentes y cabello suelto), quien me enseño el valor de la persistencia. Andrea era la menor del grupo, tenía 9 añitos, y justamente por eso le resultaba más difícil estar al ritmo de los demás o intentar ganar cuando hacíamos alguna dinámica competitiva; a pesar de eso ella siempre decía “No importa si no gano, porque me divierto mucho y también me esfuerzo”. Yo suelo perder la paciencia rápidamente y tirar la toalla, a partir de ahora intentaré seguir el ejemplo de Andrea que, a pesar de no tener las capacidades ni oportunidades que yo tengo, se demuestra con una disposición implacable y admirable.

Esta inusual experiencia me lleno el corazón durante todo el mes de febrero y me permitió aprender y apreciar muchas cosas. Definitivamente volvería a participar en visitas de este estilo, pues José, Diego, Leandro, Andrea y Camila me dejaron una grata experiencia que recordar, y por qué no, repetir.


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